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Angry voters o votantes enfadados/as

Se ha definido a los angry voters como ciudadanos que, movilizados por emociones negativas como la ira, experimentan una percepción subjetiva de agravio político y actúan en consecuencia a través del voto u otras formas de participación política.

Esta emoción puede ser espontánea o inducida estratégicamente por las élites políticas mediante apelaciones emocionales, discursos polarizadores o representaciones de agravio simbólico (Stapleton & Dawkins, 2021; Barceló, 2024).

La ira o enfado se comporta como una emoción de aproximación, que estimula la acción en contextos de injusticia percibida, especialmente cuando los ciudadanos achacan responsabilidad a actores identificables (Shin & Baek, 2015). A diferencia de otras emociones negativas, como la tristeza, la ira está fuertemente vinculada a la participación electoral y puede incrementar la predisposición al voto como forma de retribución simbólica (Huber et al., 2024).

El concepto de angry voter también ha sido cuestionado como mito reduccionista, que simplifica la complejidad emocional e ideológica de los electores, especialmente entre los jóvenes (Rohlinger et al., 2024). Así pues, el voto del enfado no sólo refleja emociones reactivas, sino que puede ser parte de una estrategia comunicativa más amplia en sociedades altamente polarizadas (Schill & Kirk, 2017).

El concepto de angry voters permite articular diversas líneas teóricas sobre la relación entre emoción, identidad política y participación democrática. Desde la perspectiva de la polarización afectiva, la ira se convierte en una emoción estructurante que refuerza las identidades partidistas y promueve conductas de movilización frente al “otro” político (Stapleton & Dawkins, 2021; Huber et al., 2024). Esta emoción puede ser estratégicamente instrumentalizada por élites que buscan activar a votantes desmovilizados mediante narrativas de agravio (Barceló, 2024) o, incluso, mediante villanos simbólicos diseñados para generar respuestas afectivas anticipadas (Huber et al., 2024).

El encuadre mediático de “la gente está enfadada” funciona también como un dispositivo retórico de simplificación y populismo interpretativo, utilizado tanto por periodistas como por actores políticos para dotar de legitimidad a determinadas posiciones (Beckers, 2024). Además, la atención excesiva a emociones negativas puede invisibilizar dinámicas basadas en afectos positivos, fundamentales para una participación sostenida (Rohlinger et al., 2024). Trabajos como el de Shin & Baek (2015) muestran que la ira no opera de forma universal, sino que su efecto depende del contexto sociopolítico y de las orientaciones partidarias, lo que obliga a repensar la idea del votante enojado como categoría homogénea.

El concepto angry voters puede ofrecer claves para entender cómo las emociones negativas actúan como catalizadores de acción en la esfera pública postmediática. Por ejemplo, los medios infieren opinión pública a través de narrativas como “la gente está enfadada”, creando una atmósfera emocional que puede no reflejar datos empíricos, pero sí condicionar la percepción colectiva (Beckers, 2024). Se evidencia cómo la intensificación emocional, en particular la ira, es explotada en campañas políticas para movilizar a votantes, lo que resulta clave para analizar discursos y estrategias en redes sociales (Schill & Kirk, 2017).

Las emociones discretas como la ira y la tristeza también se vinculan a tendencias de acción de aproximación o evitación [enlace: evitación de noticias], útil para interpretar la participación o evasión o evitación de la política (Shin & Baek, 2015). La indignación se puede inducir mediante figuras de villanos simbólicos (Huber et al., 2024), elemento que puede ser reconocido en el discurso de los nuevos catalizadores de la esfera pública postmediática.

Por último, Stapleton & Dawkins (2021) ayudan a entender cómo la ira se puede contagiar emocionalmente entre copartidarios, un fenómeno observable mediante etnografías digitales.

La aplicación empírica del concepto debería permitir entender cómo las emociones negativas actúan como motor de participación o desafección. Los métodos cualitativos más empleados (como entrevistas, historias de vida y grupos de discusión) son idóneos para detectar narrativas de enfado político, percepciones de agravio y dinámicas de movilización afectiva. Se pretende observar cómo la ira se articula dentro de un entorno comunicativo fragmentado y desintermediado, donde nuevos actores (influencers, plataformas, o colectivos) activan emociones para catalizar acción colectiva (Huber et al., 2024; Schill & Kirk, 2017).

El registro etnográfico digital puede captar cómo se contagia la indignación entre usuarios, siguiendo el modelo de afect linkage (Stapleton & Dawkins, 2021). También es relevante observar el uso estratégico de elementos narrativos que evocan “villanos” o injusticias (Beckers, 2024; Shin & Baek, 2015), así como contrastar si los discursos de enfado realmente coinciden con la acción política efectiva o sólo con formas simbólicas de participación. Esta aproximación empírica puede ayudar a identificar los límites y potenciales de la ira como fuerza articuladora de la opinión pública en la nueva esfera pública postmediática.

Entradas relacionadas:

  • Emocionalización
  • Evitación de noticias
  • Polarización

Referencias:

Barceló, J. (2024). “The Effect of Anger Appeals on the Support for Secessionist Parties”. The Journal of Politics, 86(1), 79–96. https://doi.org/10.1086/726967.

Huber, G. A.; Gerber, A. S.; Fang, A. H. & Cho, J. J. (2024). “Field Experiments Invoking Gloating Villains to Increase Voter Participation: Anger, Anticipated Emotions, and Voting Turnout”. https://huber.research.yale.edu/materials/113_paper.pdf.

Stapleton C. E. & Dawkins, R. (2022). “Catching My Anger: How Political Elites Create Angrier Citizens”. Political Research Quarterly, 75(3), 754–765, https://doi.org/10.1177/10659129211026972

Investigador responsable de la entrada: Germán Llorca-Abad
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